Yo viví en Puerto Rico hasta los 30 años y presencié procesos electorales desde el plebiscito sobre el estatus de Puerto Rico en los años 60 hasta el 1987 cuando me fui. Recuerdo todo el ambiente carnavalesco y las trullas de veinte carros con todos sonrientes sacando banderas por las ventanas y gritando slogans de acuerdo con el color de la bandera. A veces venían camiones cargando los músicos del vecindario, con congas, una trompeta desafinada, las mujeres vestidas con los colores de su partido, aplaudiendo al ritmo del corillo de campaña. Las bocinas de los autos de las caravanas se escuchaban desde lejos como cuando viene una tormenta. Llegaban, pasaban los 20 autos, y cuando pasaba el último y después del alboroto, mi calle se volvía extrañamente silenciosa. Claro, que también que recuerdo las acusaciones, los insultos, las peleas, todo lo negativo. Pero la nostalgia lo endulza todo.
Recuerdo el fervor y pasión que despertaba el tema de las elecciones en Puerto Rico. Uno de mis pavores durante la temporada de elecciones era encontrarme atrapada entre dos caravanas de partidos políticos opuestos en medio de un tapón. Los insultos, botellazos, pedradas, y hasta banderazos siempre eran una posibilidad. Había quienes tomaban con humor la locura de las elecciones y cargaban con las banderas de todos los partidos en contienda, para sacarlas por la ventana del automóvil dependiendo de la caravana en la que quedaban atrapados y así se protegían de todo mal. Vitoreaban a quien fuera y se unían al party y a la celebración. Nada, que las elecciones me parecían más unas fiestas patronales a nivel isla, una excusa más para alborotarse por algo. Para mí entendimiento, mientras se resolviera nuestra relación colonial con los EU, era lo mejor que podíamos hacer. No pensaba que podía afectar con mi voto, las políticas locales.
Acá en los Estados Unidos mis asociaciones culturales con respecto a las elecciones quedaron obsoletas. Nada de caravanas, nada de banderas en las casas, nada de políticos con personalidad. Acá la personalidad de un aspirante a líder político se minimaliza a tal grado que se interpreta su falta de expresión afectiva como rasgo de “racionalidad” y de ser una persona que se rige por principios, no por sus estados de animo (supuestamente). Mucha gente en los EEUU sospecharía de un político demasiado sonriente, o iracundo, que le guste las bebelatas, fiestero, alegre, demasiado serio y menos aun: gritón. Hillary perdió puntos cuando lloró en público durante uno de sus eventos políticos.
Yo confieso que todavía cargo algo de eso: me impresioné muchísimo cuando vi en la televisión a Bill Clinton tocar Jazz con su saxofón barítono. Lo interpreté como que el hombre tenía sensibilidad y que en algún lugar de su alma le dolería matar inocentes, abandonar a los pobres, (aunque no le dolió engañar a su mujer, nadie es perfecto).
En Latino América cada país tiene una tradición de gobernantes carismáticos en algún momento definieron nuestras historias como países. Considerando que para muchos de los inmigrantes votantes, que venimos del Tercer Mundo, que no tenemos mucho conocimiento del sistema político de los EU; solo contamos con nuestra intuición y evaluación de caracteres. Si en Puerto Rico y en Latino America la personalidad y carisma de nuestros líderes siempre ha sido un factor importante en los procesos históricos y políticos, acá en los Estados Unidos, aunque se niegue, también lo es. En comparación, los políticos acá parecen tan fríos, casi inhumanos.
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