sábado, 14 de abril de 2007

Mi Fábula Favorita

Yo nunca había estado en un desierto. La idea de “un desierto” entró en mi cabeza cuando en cuarto grado leí por primera vez la fábula "El Principito", ilustrado por el propio autor Antoine De Saint Exupery. Recuerdo haberme sentido absorbida por las historias de corderos, zorros, boas, baobabs y los pequeños planetas con sus extraños y a veces desagra-
dables habi- tantes. Entre mis favoritos, el Borracho, con su pensamiento circular (“bebo para olvidar que bebo”); el Rey, para quien todos eran "sus súbditos", y por lo tanto sólo daba órdenes; el Erudito, que lo "sabía todo", pero en verdad nunca había dejado su escritorio; y el Vanidoso, el que sólo era capaz de escuchar aplausos. Extrañamente, en el cuarto grado, y todavía en mi niñez, había algo en estos personajes que me recordaban algunos adultos que yo conocía. Debo confesar hoy que demasiadas veces los personajes me recuerdan a mí.

Cuando leí El Principito, el desierto fue lo que más llamó la atención. Por haber crecido en una isla tropical donde plantas crecen en otras plantas y la vegetación literalmente se traga los caminos cuando no se transitan, un lugar que consiste meramente de montañas de arena, del viento que los mueve de aquí para allá, y donde una serpiente puede encontrar sombra sólo bajo una roca o arbusto seco me pareció muy enigmático. Algo así como un paisaje del espacio. Por esa razón coloqué "el desierto" en mi lista de “Cosas que quiero ver antes de morir”. La oportunidad se presentó este pasado noviembre cuando visité a mi Abuela en El Paso, Texas. Bien. No es el desierto del Sahara, pero es un desierto.


Es increíble la influencia que puede tener un libro en un lector. Esta fábula que me fascinó leerla cuando niña, todavía me fascina leerla una y otra vez. Me encanta como el autor consiguió hablar de cosas tan intangibles y profundas como el amor, la amistad, y la complejidad de las relaciones entre adultos usando imágenes y lenguage que hasta un niño puede entender y disfrutar. La verdad es que la historia tiene varios niveles. La verdadera profundidad del libro se percibe según las experiencias y sensibilidad del lector. Este libro es como una masa con imágenes metafóricas codificadas, que al ponerla en el horno de la mente del lector, o crece o se desinfla. Bellas imágenes, metáforas, símbolos de misterios como muerte, la amistad, el amor: la serpiente, el zorro, la rosa.

Hasta una buenisima imagen para la "codependencia" la incluyó también; aunque cuando escribió el libro el término no se había inventado. El habla de los baobabs, unos gigantescos árboles cuyas semillas al retoyar son fragiles, pequeñas, tal como las rosas. Pero si uno se descuida y no sabe distinguirlos a tiempo para eliminarlos, crecen y crecen hasta que sus raices penetran el planeta y terminan destruyéndolo. Hasta pone advertencias y todo para los niños: "Cuidado con los baobabs..."

¿De dónde se sacaría él esta idea?

Hermoso libro.

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